2.16.2003

Regreso al papel. Largo correo de Miklos. Ha leído Juventud. Se declara obsesionado con Coetzee. Ha encontrado un motivo, un cauce: su lectura ha sido epifánica. Me habla de un tal Darío Lapi, quien también ha leído las memorias de Coetzee. Un triángulo coetzeeiano. Bien: las estrellas se alinean. Algo así. Quisiera hablar de la ruta 22, de Fiona. Pero lo haré en el papel. El bendito papel. Allí es donde mi voz mejor fluye. Allí, en el papel, es donde soy. Son las seis de la mañana, casi las siete dice el reloj: es el final de la medianoche. Regreso al papel. Regreso a Trieste. Un gesto. Una revelación se consuma. Silencio.
Son las siete, casi medianoche de nuevo. El clima no impidió que me paseara por mis parques, luego de mi visita dominical a las librerías de Charing Cross Road. Me compré Youth, de J.M. Coetzee: son las memorias en tercera persona del escritor sudafricano, su rito de paso hacia la literatura. El narrado(r) viaja de Ciudad del Cabo a Londres, en donde comienza a curtirse como adulto. Tengo que recomendarle el libro a Miklos, el personaje me lo recuerda mucho. Demasiado. Incluso hay un personaje, un húngaro, que lleva su nombre, Miklos, en las páginas de Coetzee. Sincronicidad, diría Jung. Tal fue la revelación que tuve en el solitario Kyoto Garden, mientras esperaba el primer atentado.

2.15.2003

Espero el primer atentado. Hay tensión en Londres, tanques en Heathrow, evacuaciones. Es como vivir en el fin del mundo, anticipado. No me dan ganas de escribir aquí. Pero tampoco escribo en mis cuadernos; la novela, detenida. Mi vida es una catástrofe silenciosa, para no decir, simple y llanamente, un fracaso. Pero un fracaso asumido, sopesado. El cansancio me vence una vez más. Londres me da un reposo inquieto. Ayer fui a The Cow, pero Lucky Mickey no estaba allí. En Londres todo cambia vertiginosamente, los personajes de ayer, hoy ya no están más. Pienso en la ruta 22, en el autobús que me lleva al centro, pero nada: por más que la evoco, Fiona no aparece. No quiero pensar en Erzsi. Necesito distraerme. Tampoco soy capaz de recordar con precisión a la librera triestina (y, por lo mismo, mi narración se encuentra suspendida; Miklos, ayúdame). Creo que estoy en un nuevo proceso de revisión existencial. Mañana, domingo, me pasearé por todos mis parques hasta llegar al Kyoto Garden de Holland Park; allí, espero, tendré una revelación. Son las ocho pero parece medianoche. La larga noche del invierno inglés.

2.14.2003

Londres: la velocidad. Y el miedo. Heathrow, lugar de nadie como cualquier aeropuerto, siempre me ha parecido el centro real de Europa, aislado en esta isla aislada de Europa por el canal de la Mancha y la bucólica niebla. Cambio de ritmo. Me decido por el subterráneo, the tube, y bajo a las profundidades, siempre llenas de sorpresas. En el vagón, una pareja de estadounidenses platican sobre, obvia decirlo, el terrorismo, la guerra en ciernes, nuke them. El tren sale a la superficie: verdor y humedad, árboles sin hojas, suburbios desangelados. Londres: chimeneas y ladrillos, bricks and mortar, la arquitectura industrial por excelencia. Me apeo en Earls Court, centro neurálgico del sistema de transporte público más caotico del orbe: aquí, los turistas no tardan en confundirse, toman el tren equivocado, se alejan de su destino; que Dios los ampare. Mind the gap. Londres: vacío en plenitud.

2.12.2003

Empacar de madrugada es epifánico. Siempre hago mis maletas antes del alba. Y siempre viajo ligero. Poseo pocas cosas y mucha movilidad. Desde que me fui de México supe que debía cargar con lo menos posible. Ahora lo único que me acompaña es la computadora, trece libros, mis cuadernos, varias plumas, tinta y un par de trajes, además de la ropa interior y las camisas suficientes. Y claro, mi único par de zapatos (me gustaría pensar que son los mismos con los que dejaré esta vida, así como Derek Jarman, ante el aparador de una zapatería y enfermo de sida, se dio cuenta de que los zapatos que calzaba eran los últimos). Cepillo de dientes, desodorante y peine; tijera y cortauñas. Documentos de identidad. Tarjetas de crédito y débito; cheques de viajero, algunos euros. Y las cartas de Miklos, el cuadernillo Silvine rojo. Creo que es todo. En unas horas, ciao Venezia! Pronto será Londres. Adiós, última cama compartida con Erzsi. Adiós, canales y gatos. Adiós, Trieste; siempre te cargaré a cuestas. Y volveré, volveré, volveré porque te llevo en las entrañas.

2.11.2003

Ahora que me mudo a Londres, de nuevo a Londres, la imagen de Miklos como mi odradek se me aparece en cada esquina que doblo. Miklos estuvo en Trieste hace un año y meses. Lo vi llegar. Y lo vi partir. Viajamos en el mismo tren, de Santa Lucía, aquí en Venecia, a Trieste Centrale y de regreso. Miklos llevaba un cuadernillo rojo de marca Silvine, británico. Escribió durante todo el trayecto nocturno de vuelta a esta ciudad de canales y gatos. Quise saber lo que escribía. Y, ya en Venecia, esperé a que abordara un vaporetto; lo seguí. Y, cuando zarpamos, me acerqué a él y le dije: "Lo vi en Trieste." Miklos, embelesado por el reflejo de las luces sobre el agua, pareció despertar, como si se encontrara muy lejos, en un sueño por demás grato. No me dijo nada, tan sólo sonrió. Miramos la noche en silencio. Cuando el Rialto se alejaba a nuestras espaldas, Miklos habló: "Sabe, tengo la sensación de que usted es mi odradek. En Trieste, me ocurrió algo muy extraño. Caminaba de regreso a la estación de tren. Pasé junto a una tienda de artículos para pesca. Luego, junto a un restaurante abandonado. Entonces, se rompió el tiempo. Pasé junto a una tienda de artículos para pesca. Luego, junto a un restaurante abandonado. Pensé que nunca podría abandonar Trieste. Que mi caminata sería eterna y se sucederían, al infinito, tiendas de artículos para la pesca y restaurantes abandonados. Pero no fue así. Salí del trance. Mas yo ya no era yo: algo en mí había cambiado, acaso muerto, no lo sé: no era el mismo de antes, pero tampoco era otro. No sé si me comprende. De súbito, me transformé en mi prójimo. Y ahora que lo veo, amigo, lo sé: usted es mi odradek. Tenga, le regalo este cuadernillo. Todo lo que en sus páginas he escrito, ahora le pertenece." Fue así que recibí La piel muerta, el esbozo de una novela que Miklos jamás escribiría. "¿Cómo se llama?", me preguntó Miklos cuando nos apeábamos en el puerto de San Marcos. "Nico Duna-Luft", le respondí. Y Miklos tomó el cuadernillo rojo Silvine y, debajo del título, La piel muerta, tachó el suyo y escribió mi nombre. "La piel muerta de Nico Duna-Luft", leí. Miklos sonrió y en sus ojos la noche se reflejó en su negativo, una noche blanquísima constelada en sus pupilas dilatadas y negras como la pez. "Propongo que nos tuteémos, Nico", dijo David. Y así, Miklos y yo nos hicimos amigos, conocí a Erzsi, su antigua amante, y el resto ya se sabe. Lo que no se sabía es que soy el odradek de Miklos. Y que la novela que ahora escribo lleva el título que él me regaló en Venecia, en octubre de 2002. El 24 de octubre, para ser más precisos. Ahora lo celebramos como un cumpleaños compartido. Salud, Miklos, te encuentres donde te encuentres (y disculpa mis indiscreciones). Regreso a mi insomnio, a mi piel muerta.

2.10.2003

Life is repetition. La vida es repetición. Lo digo en inglés porque así lo pienso. Soy, sí y lo dejo claro, anglófilo. Erzsi no volverá. Hoy, finalmente, me tomó la llamada. Me insultó en húngaro (indescifrable) y luego en español. Finalmente, lo hizo en inglés: you bloody bastard. Y yo pensé: nevermore, cual cuervo. Luego del dolor, viene la calma, una calma rara, como de mar de comienzo del mundo: mar triestino. Cada día me despierto más temprano. Life is repetition. Y cada mañana, cuando salgo por el primer esspresso, si en mi mente suena "Wicked Game" en la primer confluencia de callejones se me cruza el mismo gato blanco. Será, supongo, lo que se conoce como un déjà vu. (Cualquiera que haya visto The Matrix sabe de lo que hablo. Sí, The Matrix: si bien mi voz suena anticuada, soy un moderno.) "Wicked Game", gato blanco: Fiona. Fiona fue, es, mi primer amor. Hubo otras antes, sí, en mi adolescencia: sexo y pasión de pubertad tardía. Pero Fiona fue la primera (y la única) de una serie de amores luego fallidos: soy un esteta del fracaso amoroso. Al big bang del encuentro sigue la súbita muerte. Life is repetition. De Fiona a Erzsi median cerca de diez años. Una década: la tercera parte de mi vida. ¿Quién vendrá después? ¿Será posible romper con este círculo vicioso (Life is repetition)? He tomado una decisión de peso: me marcho a Londres. Anglófilo al fin y al cabo, el ánimo insular del Reino Unido no me sentará mal. Londres, de nuevo Londres. La ruta 22. He hablado con James, el antiguo flatmate de Miklos: el cuarto que a David le rentaba se encuentra disponible. Londres, pronto. Life is repetition.

2.09.2003

Amanezco menos despeinado que de costumbre, como si no me hubiera movido en toda la noche. El espacio vacío junto a mí es... no encuentro el adjetivo preciso. Desayuno. Té ahumado, pan tostado con mantequilla y mermelada de cassis, un huevo tibio. Enciendo la computadora y (me he convertido en un autómata) me conecto a la red como todas las mañanas. Una carta en el buzón. Miklos. Dice: "Querido Nico, me declaro fuera de servicio. No sé cómo explicártelo, mas tuve una epifanía, luego de una charla con mi buen amigo Álvaro Enrigue (fue curioso: sonó el celular cuando bajaba las bolsas del súper; y allí, con la cajuela abierta, encerrado en el estacionamiento, tuve una gran plática con una gran voz). En fin, te decía que me declaro fuera de servicio: he decidido que dejaré de bloguear. Además de la epifanía (prometo explicártela cuando la desentrañe y pueda manifestarla en palabras), tengo demasiado trabajo, una novela que se convierte súbitamente en fragmentos y un buen diario de papel que espera mis palabras de tinta. Será como dejar de fumar, supongo. Libraré la batalla con el síndrome de abstinencia, lo sé, sin mayores complicaciones. Lo que no dejaré de hacer es charlar tanto con Miss Watson (se llama Amaranta Caballero y no le gustó que la llamaras una tal Miss Watson; te lo paso al costo, a ver si te animas a ponerle unas líneas, es una muy buena persona y cada vez más amiga) como con Nanilka y su entrañable voz (Nanilka no te digo cómo se llama: es ella y no hay más que decir, salvo "miau"). Y bueno, mi querido y triestino amigo, si tú le sigues con este asunto, yo me mantendré asomado a tu blog. ¿Cuándo me envías tu novela? Ya quiero tenerla entre mis manos, ver cómo me las arreglo para publicarla; los adelantos que me has enviado me encantan, pero todos parecen comienzos abiertos al mismo final. ¿Sabes algo de Erzsi? ¿Ya conseguiste comunicarte al piso de la Katona Jozsef utca? Ah, qué tiempos aquellos cuando me paseaba por la isla Margarita junto con ella (sé que no te molesta que la recuerde, mi nostalgia es siempre sana). Cómo quisiera que nos encontráramos los tres allí, en el puente, para subir la colina y llegar a la iglesia de Matías, contarles mi epifanía, llorar con ustedes. Y luego bajar, tomar el tranvía, bajarnos en el Oktogon y caminar hasta el Parque de la Ciudad, buscar la lápida de Fuit y dejar una flor en homenaje a mi blog muerto. Te abrazo fuerte, David." Miklos, no entiendo, pero no te cuestiono. Y discúlpame de antemano por publicar tus palabras en mi blog, pero me has dejado perplejo. Tanto que he olvidado a Erzsi y al vacío que dejó en nuestra última cama compartida. Ya luego te pongo unas líneas (y te he escrito una carta de verdad, de las que tanto te gustan; la recibirás en dos o tres semanas). Vaya, esto ya parece una carta, así que te abrazo, Miklos: Nico, menos despeinado que de costumbre.

2.08.2003

Miklos me envía una mala noticia: murió Monterroso. Lo demás, supongo, es silencio. Seré el dinosaurio que despierte mañana. Sorprenderé al que despierta. O no, quizás mi presencia le resulte familiar. Quiero ser el dinosaurio que aún esté allí cuando Erzsi abra los ojos en Budapest. Es domingo... muy temprano por la mañana. Estoy seguro de que Erzsi duerme aún. El dinosaurio la espera, está allí; pero ella no lo sabe. Nada más espero no convertirme en un fósil. O en petroleo crudo. O en polvo. O en nada. Nada. Nada de nada. (Miklos me cuenta que una tal Miss Watson piensa que somos, Miklos y yo, la misma persona. Pasa todo el tiempo. Yo escribo como si Miklos me editara, mi voz le debe mucho a él: ha sido siempre generoso conmigo y, si de plagiarios se trata, entonces el culpable soy yo. Quizá seamos heterónimos involuntarios. Y algunos piensen que Miklos no existe, que es la creatura de Duna-Luft. Descubro, entonces, el secreto de escribir aquí arriba.) Nada de nada, decía. Nada de nada de nada. Sin Erzsi, nada. Ni dinosaurio. Ni mosca enamorada. Pura muerte, sin Erzsi. Di no, saurio. Ciao, Tito.

2.07.2003

Bebo. Fumo. Camino sin tregua. Bebo. Fumo. Camino sin tregua. Bebo. Fumo. Camino sin tregua. Bebo. Fumo. Camino sin tregua.

2.06.2003

Erzsi: Regresa. Te amo, Nico Piccolo.

2.05.2003

Leo en el blog de Miklos que falleció Cayetano Cantú. Hay un poema de Cavafis que también define lo que imagino como mi vida. Fue Miklos quien me lo envió, en una de esas cartas reales, de tinta y papel. Lo reproduzco aquí, en memoria de Cantú:

Che fece... il gran rifiuto

Para algunos el día llega
en que tienen que dar el gran "sí" o el gran "no".

Quien tiene el "sí" dispuesto,
sobresale de inmediato y entra
al glorioso camino de sus convicciones.

El que rehúsa, nunca se arrepiente;
si de nuevo de preguntan, repetirá: "no";
y sin embargo ese "no" es la derrota de su vida.

Constantino Cavafis (traducción del griego de Cayetano Cantú, que en paz descanse.)
No sé por qué vine a Trieste hoy. Tuve la ilusión de que me encontraría con Erzsi en el tren, en nuestro compartimento de la primera vez. No fue así, por supuesto. Y tampoco acudió a mi auxilio ningún personaje inventado, como solía hacer antes de conocerla. Fiona fue inventada (algún día relataré su historia, la historia de la ruta 22). La librera, que existe en carne y hueso, inventada: no podría descifrarla, no ahora que conozco a Erzsi. Vine a Trieste, triste. Desamparado. Con el anillo de compromiso de nuevo en su caja. Iluso. Erzsi está en Budapest, lo sé, mas nadie me contesta en su ínfimo departamento de la Kátona Jozsef utca. ¿Con quién estará Erzsi? Trieste no me dice nada hoy. No sé qué hago aquí. Tampoco sé qué hago en Venecia. Este mar del comienzo del mundo no es bello en invierno. Soplan vientos que derrumban almas.

2.04.2003

Se fue. Erzsi se fue. Se fue.

2.03.2003

La emergencia, me temo, lleva mi nombre: Erzsi se fue por algo que yo le dije. Siempre esperamos una despedida. Cuando alguien se va, más aún, cuando alguien se marcha para nunca volver, nos hace falta un gesto, una señal, el aviso definitivo de que esa persona no volverá jamás. Por la mañana de ayer, cuando me levanté y descubrí la ausencia de Erzsi en la cama, supuse que preparaba el desayuno; fui al baño a lavarme la cara, los dientes, y descubrí que Erzsi se había llevado el tubo de pasta, el par de cepillos y, en su lugar, había dejado el anillo de compromiso allí, solitario sobre el lavabo (la alianza no la dejó: la busqué por todo el departamento). Cuando una despedida no tiene lugar, comienza la espera. Y es bien sabido que todo aquel que espera, desespera. No hubo gesto (la mano que se alza y el antebrazo como péndulo de izquierda a derecha y de regreso, los dedos extendidos; la cabeza gacha, el cuerpo que se vuelve y nos da la espalda) ni palabra (adiós). Erzsi se fue sin despedirse, y yo la espero. Desespero.

2.02.2003

Amanece. Estoy solo. Erzsi tuvo que salir de emergencia a Budapest. Nada que registrar.

2.01.2003

Me pasé la noche en una especie de limbo de duermevela, esa tierra de ningún hombre en la que todo sucede en la justa penumbra que contiene, a la vez, fantasía y realidad, luz y oscuridad, todo y nada. Tuve un poco de fiebre y otro tanto de delirio. Soñé con y luego vi a las aves blancas del paraíso, habitantes subrepticias de la vieja casa de mis abuelos; desde entonces no convivía con ellas. Erzsi, por supuesto, ni se inmutó (soñé con más gatos, me contó por la mañana). No salimos de casa en todo el día, ni siquiera a comer; Erzsi cuidó de mí, me preguntó por la novela, quiso saber qué hacía en Trieste además de escribir (cómo decirle que ya no escribo, que me lo paso contemplando el mar o encerrado en el Stella Polare, en espera de la llegada de la extranjera y de la mirada del señor Di Sio, Mario, que nunca repara en mí; otro secreto tengo, pero al blog no sé si quiera contárselo). Le dije que todo iba muy bien, que la narración aún se encontraba detenida en un largo paseo por Miramar, que, como siempre, escribía lo más importante en el tren, de regreso a la estación de Santa Lucia. No sé si me creyó, pues hubo un largo silencio mientras me servía la sopa (un frondoso caldo de pollo con verduras). Luego sonrió con esa sonrisa suya, eterna y a medias, y me acarició la testa. Quiero un gato, fue lo único que me dijo, pero un gato de mi sueño, un gato imposible.

1.31.2003

Hoy no fui a trabajar. Me quedé con Erzsi todo el día, luego de una larga noche de sueño, la segunda al hilo. Sueño y sueños. Las visitas oníricas fueron intensas. Allí estaban mis abuelos, Tito y Tita. Y los abuelos de Erzsi (Tito y Tita también: así se les llama a los abuelos húngaros), a los que hace meses que no vemos (a los míos, sólo podemos verlos en sueños, hace tiempo que murieron). Vivían, los cuatro, en el sótano de una vieja casona de Reforma (una casona que ya no existe más: la demolieron para hacer una mansión moderna y fea; creo que era el número 540). Parecían refugiados de guerra, mas se les veía lozanos. Felices. Eran jóvenes, si bien sus rostros eran los de siempre, ancianos. Dormían todos en la misma cama, amplísima: ocupaba casi todo el sótano. Luego soñé con mis padres. Pero ya no estábamos en la vieja casona, sino en un valle de un verde profundo. Corrían como niños por la pradera. Desnudos. Yo los llamaba, pero no me salía la voz. Subían una pendiente y se ponían a danzar en el horizonte, en la frontera con el cielo azulísimo, como en una película de Bergman (sí, El séptimo sello, aunque es en blanco y negro y mi sueño fue en technicolor). Los padres de Erzsi no aparecieron en mi sueño, será porque no los conoció. Tampoco aparecieron como idea. Y cuando al valle siguió la costa y Erzsi comenzó a salir de la espuma del mar, me desperté. Con una erección monumental. Erzsi ya estaba despierta. Sonreía. Esperaba mi despertar. Nos quedamos en la cama hasta la una de la tarde. Luego salimos a comer. Mucha pasta. Pasta veneciana, la mejor del mundo. Erzsi me contó su sueño: vivía en un país en donde había más gatos que humanos. Recordamos los cuadros de Balthus. Erzsi me dijo que yo soy un gato con alma de pingüino y humor de mangosta. Regresamos a la casa a meternos en la cama. Leímos. Sé que no podré dormir hoy. Espero, de nuevo, el insomnio.

1.30.2003

Dormí. Cosa rara. Tuve sueños. Estaba a bordo de un tren. La estación terminal se encontraba junto al mar. Un mar muy distinto al de Trieste. Un mar del fin del mundo. Junto al andén, la entrada a un teatro. Un anfiteatro griego. Arcaico. De piedra muy erosionada. El mar entraba al escenario. Desperté con la imagen de un cuadro prerafaelista. No recuerdo al autor. El mar de mi sueño era como el mar de Cornwall, Inglaterra, en donde nunca he estado. Erzsi, ahora que lo pienso, parece modelo de Dante Gabriel Rossetti. Duerme aún. Es hermosa. No quiero decir más.

1.29.2003

Todo lo que escribí hoy murió. Dejé el cibercafé de Trieste confiado, con las palabras aún frescas en las yemas de los dedos. Y nada. He armado la página de nuevo. Miklos: te odio. Decía en mis palabras perdidas que hoy por la mañana Erzsi seguía dormida cuando me desperté. La dejé entre las sábanas de nuestra cama compartida y encaminé mis pasos hacia la estación de Santa Lucia. Lo que más me gusta de Venecia son las madrugadas: no hay turistas y en las calles y callejones de esta ciudad sin autos uno se encuentra con sus habitantes reales. Me tomo un esspresso a medio camino, otro en la estación. Ya despierto, subo al tren. Elijo un compartimiento de primera clase; luego de la batalla con el insomnio, prefiero estar sólo (casi nadie viaja en primera). Es un tren húngaro, con Budapest como destino. Quizá sea éste el mismo vagón, el mismo compartimiento en el que conocí a Erzsi (seguramente duerme, sueña aún; ya quiero volver para que me cuente sus sueños). No reparé en ella hasta que el castillo de Duino apareció al otro lado de la ventana. Yo leía El viajero bajo el resplandor de la luna, de Antal Szerb (húngaro como Erzsi) y en sus páginas cita el "Torso Arcaico de Apolo", de Rilke. Erzsi me recitó, de la nada, el último par de versos del poema (en alemán, por lo que no entendí nada). En realidad, quería decirme que cambiara mi vida, pero no le hice caso entonces y la dejé partir hacia su departamento ínfimo de la Katona Jószef utca, mientras yo me perdía en las calles de mi ciudad natal, Trieste, a la que viajaba por primera vez. Fue ella la que me encontró nuevamente, en Venecia; y desde entonces vivimos juntos. Hay historias que son así, sencillas. En fin, algo así escribí en Trieste; ahora lo hago en Venecia. Erzsi, sobra decirlo, duerme de nuevo. No me contó sus sueños de anoche. Ya recibo al insomnio.
Erzsi se ha quedado dormida. Cada día se duerme más temprano. El invierno la vence. Y entre más duerme ella, menos lo hago yo. Siempre he sido uno de los favoritos del insomnio. ¿No hay un dios o un semidios del insomnio en la mitología griega? Lo ignoro. Íncubos y súcubos me visitan, más ahora que digiero el goulash mata frío, especialidad de Erzsi. Babea un poco mientras duerme. Su sueño, por lo visto, ya es pesado. Sueña. ¿Qué sueña? Ayer soñó que era 1956. Las calles de Budapest estaban vacías. Era el día de la revolución. Pero no había insurrectos. Estaba ella, sóla. Caminaba por un prado del parque de la ciudad. Se sentaba en la piedra de Fuit y allí esperaba a su padre. Llegaba yo. Estábamos desnudos, como en el jardín del Edén. Hacíamos el amor, pero yo ya no era yo, me dijo Erzsi, sino Sándor Márai. Nos reímos mucho durante el desayuno, cuando me contó su sueño. Luego me fui a Trieste. Y nada. No pasó nada. No se lo he dicho a Erzsi, pero hace un par de semanas que ya no escribo. Como si alguien hubiera usurpado la trama de mi historia. Me pregunto si alguien la escribirá ahora que yo calló. Me la paso encerrado en el café Stella Polare. El señor Di Sio, Mario, como siempre, me ignora. Luego llega la extranjera de los pantalones de mezclilla ajustados y todos le vemos el culo; inevitable. Y prodigioso. António el portugués dice que es finlandesa. Su piel es casi tan blanca como la de una foca blanca. Su cabello, rubio platinado. (Sé que todos pensamos en lo mismo: ¿cómo será la pelusa que cubre su pubis?) La de Erzsi es... ¿alguien leerá esto? Prefiero no decirlo, sobre todo porque ahora duerme y no puedo pedirle permiso para hacerlo. Lo haré. Nadie nos conoce, de cualquier modo. Miklos acaso. Y él conoce a Erzsi tanto como yo mismo la conozco, el tema no nos molesta. ¿Envidia, Miklos? Sabes que bromeo. Ahora Erzsi me da la espalda. ¿La arrullará el sonido de las yemas de mis dedos sobre el teclado? Duerme. La extraño.
He cedido a la tentación. Miklos, desde el DF, insistió en que lo hiciera. Veo que también convenció a Camila. No me queda de otra. Y reporto lo siguiente: hoy no sucedió nada en Trieste (en donde, según DM, comienza el mar del mundo...; regresé a Venecia sin novedades. Pocos viajeros en el tren. Ezsri me preparó un goulash mata frío; no puedo quejarme. Falta poco para que de inicio nuestra residencia en Budapest; estaremos en el departamento de la Katona József utca hacia finales de marzo. Ya quiero pasearme por la isla Margarita. Extraño el aroma dulce de la brisa del Danubio, perfumada por la fragancia de los árboles de aceite. Hace más de tres años que no visito Budapest.